"La cordillera es un cuerpo tendido y nosotros un niño huérfano" (2025)
Aluminio, hierro, anafes eléctricos, agua destilada, botellas revestidas en arena y cemento
80 x 130 x 60 cm


“La cordillera es un cuerpo tendido y nosotros un niño huérfano”
rescata el mito popular y pagano de la Difunta Correa. La leyenda narra la historia una mujer que, durante las sangrientas guerras civiles en la Argentina del siglo XIX, atravesó el desierto con su hijo recién nacido en busca de su esposo. Sin embargo, en el camino encontró la muerte, aunque milagrosamente su bebé de pocos meses sobrevivió alimentándose de su pecho inerte. El relato trascendió y ella se convirtió en objeto de culto cuando sus devotos comenzaron a dirigirle peticiones que, según la tradición, eran efectivamente cumplidas por esta nueva santa pagana. Desde entonces, en sus altares se dejan botellas de agua como un modo de calmar la sed insaciable que deja la muerte en el desierto.

Su imagen más difundida la representa yaciente sobre la tierra, de cuerpo inmóvil y con un pecho descubierto, mientras un niño pequeño se inclina sobre él para alimentarse. La escena transcurre en un paisaje árido y despojado. En esa imagen también se cifra un aspecto muy trascendental para la población cuyana: de dónde viene el agua que hace posible la supervivencia en desierto. Si, por el contrario, se piensa en la pampa húmeda, el agua es como el cielo, está ahí y parece que siempre estará. No es casual que, desde la atalaya del relato nacional argentino, el desierto sea concebido como un espacio vacío, un territorio apátrida que clama una historia y una pertenencia. En ese marco histórico, la Difunta podría interpretarse como una vaca lanzada con sus ubres a amamantar el desierto, poblarlo y fundar la patria húmeda. Pero para los pueblos cuyanos, el desierto no es la nada, es más bien el sustento firme que sirve como amparo del clima hostil de la montaña. El agua tampoco cae del cielo ni está siempre corriendo; sino que desciende momentáneamente de las alturas, alimenta los ríos, riega las raíces y sacia la sed. Es parte de la escolarización temprana conocer que la supervivencia depende de las nevadas invernales. Cuando llega el calor y se produce el deshielo, los cauces crecen, se acumulan en embalses y riegan las plantaciones durante todo el año. El ciclo del agua es el verdadero calendario del desierto cuyano: una tierra que debe morir en invierno para que luego en verano derrame alimento a los vivos, a través de sus pechos montañosos.


Crédito Fotográfico: Flor Lista